La congregación de las hermanas Clarisas celebró 40 años de presencia en Matagalpa, el 3 de noviembre, con la celebración Eucarística presidida por monseñor Rolando Alvarez, en el monasterio ubicado en ciudad Darío, donde se recordó a los frailes Franciscanos entre ellos monseñor Julián Luis Barni (quinto Obispo de Matagalpa) y monseñor Carlos Santí (Sexto Obispo) quienes colaboraron para la llegada de las religiosas que tanto bien han hecho a la Diócesis desde el silencio y la contemplación.

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En la homilía monseñor Alvarez, se refirió al Evangelio de San Mateo (11, 25-30) donde se encuentra el himno mesiánico de Jesús. Al inicio de la reflexión citó que el Evangelio de hoy presenta el ser y quehacer de Jesús quien va a los marginados, a los leprosos, a los tenidos de segunda mano, y “a propósito de que ayer celebramos a los difuntos me decía alguien que muchas veces se nos olvida rezar por los otros difuntos, y me preguntaba ¿cuáles son estos? Ciertamente son las mujeres violadas, niños violados, personas que diario mueren de hambre, que andan por las calles buscando quien les de dinero para comer, o muchos que en Siria y en lugares de guerra pierden la vida, esta es la carne herida a la que Cristo no le tiene miedo, los toca con su mano y se ensucia en ella pero lo hace con amor”, indicó.

También dijo que al exclamar: “Te doy gracias Padre Señor del cielo y de la tierra, porque has escondidos estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los sencillos y humildes”, Jesús hace un himno de agradecimiento, reconocimiento y conocimiento de la forma de actuar del Padre manifestada en el hijo. “Sabemos que al Padre se le conoce porque actúa a través de los signos de los tiempos, por lo tanto debemos estar pendiente del paso de Dios en nuestra vida no vaya a ser que pase y no lo reconozcamos en las situaciones, signos, acontecimientos y personas que sufren, porque la presencia de Dios está en la carne sufriente y herida”.

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“Toda esa experiencia de amor llega a la cumbre y a la plenitud en la oración silenciosa y contemplativa, porque cuando en la historia, en la vida y en el prójimo encontramos a Cristo y se lleva a la oración contemplativa el corazón del Padre palpita fuertemente en aquel que le contempla en el silencio, es como si la revelación del Padre alcanzara una cima o una cumbre revelándose inefable e inenarrablemente”, dijo.

Al explicar la siguiente parte de ese texto donde Jesús dice: “Vengan a mí los cansados y agobiados que yo los aliviaré”, monseñor Alvarez mencionó que en Cristo se encuentran las palabras de esperanza que vienen del Padre y que se revelan en el corazón del hijo, “aquí pensaba en ustedes hermanas que estando en el claustro les corresponde contemplar la carne herida de Cristo en aquellos que viene a pedirles oración y a contarles sus problemas, por eso les suplico que en cada persona contemplen las heridas del pueblo de Dios, vean en ella a Cristo que no tiene nada, aprecien al que no se le hace justicia, a aquel con el que nosotros mismos hemos cometido injusticias, al desposeído y hambriento. La contemplación del Cristo herido tráiganla al silencio contemplativo para que puedan dar las palabras de esperanzas que vienen del Padre”.

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Citando la parte final del texto, “carguen con mi yugo”, el Prelado les pidió que sigan cargando con ese yugo que es el peso de los débiles que llegan al monasterio en busca de consuelo, “y transmitan la fortaleza del Señor no solo con la humildad de Cristo sino con el anonadamiento y desaparición de Francisco y Clara quienes desaparecen para que el Señor sea el servido, conocido y amado. Que el amado de ustedes sea también el amado de nosotros”, concluyó.

Publicado originalmente por Diócesis de Matagalpa